Por Adriana Lewczuk
¿Podrías contarnos un poco sobre la trayectoria del cineclub y cómo funciona?
El cineclub nació en plena pandemia, casi como un refugio: un espacio para compartir y socializar ideas de manera virtual, a través del cine en un momento donde lo colectivo parecía imposible. Cuando volvieron las actividades presenciales, el proyecto tomó fuerza y comenzamos a realizar funciones semanales en el Teatro Martinelli, todos los viernes a las 20 h y con entrada gratuita. Muchas veces nos visitan directores y directoras que presentan sus películas y conversan con el público, lo cual le da al ciclo un valor enorme.
En 2025 se inauguró el Teatro Otamendi, una sala moderna equipada con proyección digital 4K, y el cineclub encontró allí su nueva casa para las funciones de los jueves a las 20 h, siempre gratuitas. El Martinelli quedó como nuestro espacio de formación audiovisual, donde realizamos talleres, charlas y experiencias educativas. Cada mes proponemos un ciclo temático distinto, lo que nos permite renovar la programación y seguir pensando el cine desde múltiples miradas.
¿Cómo ha sido la respuesta del público frente a las propuestas de programación del cineclub?
La respuesta del público ha sido muy buena y, sobre todo, muy diversa. Hay una comunidad de cinéfilos fieles que viene función tras función, sin importar el tema del ciclo, y luego se suman espectadores que llegan atraídos por cada propuesta puntual. Esa mezcla hace que cada encuentro tenga su propio clima y que el cineclub funcione como un espacio vivo, en constante diálogo con la comunidad.
¿Cómo respondió la audiencia ante las proyecciones de las películas de Favio?
La respuesta fue extraordinaria. Cada función reunió cerca de 200 personas, y la energía en la sala era muy especial. Antes de cada proyección sonaban canciones de Favio y el público las cantaba; había un clima de emoción, de reencuentro con algo muy propio. Muchxs espectadores ya conocían sus películas y querían volver a verlas en pantalla grande, mientras que otros las descubrían por primera vez y se iban fascinados. Fue realmente una fiesta del cine argentino.
¿Por qué pensás que el público se interesa en su obra hoy en día? ¿Qué edades componen el público espectador?
En general, se trata de un público mayoritariamente adulto, aunque en estas funciones también se sumaron jóvenes curiosos por conocer a un director clave de nuestra historia cinematográfica. Creo que el interés continúa porque la poesía y la sensibilidad de Favio son atemporales: su cine toca algo esencial, humano, profundo. Hay una honestidad y una emoción que atraviesan la pantalla y siguen resonando más allá de cualquier época.
¿Qué reflexión podés hacer sobre el cine de Favio y su huella en el cine argentino?
Favio es un autor en el sentido más pleno: cada una de sus películas tiene un sello propio, incluso siendo muy distintas entre sí. Fue un cineasta que arriesgó, que trabajó desde lo popular y lo nacional sin perder nunca su mirada personal y poética. Habló de historias nuestras, de mitos y heridas colectivas, y al hacerlo nos abrió un camino. Su cine nos dio oxígeno, libertad y esperanza a quienes vinimos después. Su huella es indeleble: vuelve siempre, porque sigue diciendo algo verdadero.